El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Pronto dejó de oír el rumor del agua. Tampoco tardo mucho en perder la sensación confortadora del fuego del campamento.
La última sensación que experimento fue la de querer abrir los ojos inútilmente.
Al despertarse era ya de día claro. El sol lucía casi encima de su cabeza. Elena quedo maravillada. Bo todavía dormía profundamente, con la frente y la melena cubiertas de sudor. Elena se armo de valor, porque la espina dorsal le dolía como si tuviera todas las vértebras rotas, y, haciendo un gran esfuerzo, echo a los pies la manta y trato de incorporarse. No lo consiguió. Su voluntad era muy grande, pero los músculos no le obedecían. Cerró los ojos, y con un violento esfuerzo espasmódico logró alzar el cuerpo. Bo se despertó con el violento empujón de su hermana, diciendo:
—Buenos días, Elena. ¿Es hora va de levantarnos? —preguntó con ojos soñolientos.
—¿Podrás?
—¿Por qué no? —repuso Bo, haciendo esfuerzos para demostrar el dominio de sus movimientos. Pero al comprobar la inutilidad de sus músculos, exclamó, con aire triste y compungido—: ¡Oh, estoy muerta! ¡No hay salvación para mí!
—Pues si quieres ser, como dices, una muchacha del Oeste, es menester que tengas bríos suficientes para moverte.