El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Allá voy —anunció Bo.
Y dando una vuelta coloco las manos en el suelo, consiguiendo incorporarse por este medio, no sin exhalar algunos gemidos de dolor.
—¿En dónde están los demás? —preguntó—. ¡Oh, Elena, esto es el paraÃso terrenal!
Elena miro a su alrededor. Únicamente vio la hoguera encendida, pero no diviso a nadie por aquellas cercanÃas. En su examen de los objetos que la rodeaban, lo que más le llamo la atención fue el brillo extraordinario de los colores. Formada con ramas de picea apoyadas en un mástil central habÃa una linda y verde choza. La mitad de la abertura anterior estaba cerrada, lo mismo que los costados. Las ramas partÃan del suelo y tenÃan todas la misma dirección, como si verdaderamente hubiesen nacido allà las piceas.
—Esta choza no estaba ayer aquà —exclamó Bo.
—Por lo menos yo no la vi.
—De seguro que nos la han construido para nosotras, y si no fÃjate en nuestro equipaje. Está allà dentro.