El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Sobre una limpia lona habÃa una comida abundante y suculenta, tan bien preparada como en una casa elegante. No faltaban las humeantes y deliciosas tortas de sartén, las patatas, las salsas, las manzanas asadas, la manteca y el café. Tan inesperado banquete sorprendió y deleitó tanto a las muchachas, que las dos hicieron ruborizarse a Dale con sus elogios.
—¡Ojalá no viniera el tÃo Al a buscarnos durante un mes! —exclamó Bo. Sus mejillas y su nariz conservaban todavÃa la grasa de los huesos roÃdos.
Dale no pudo contener la risa.
Era delicioso ver reÃr de aquel modo a aquel hombre franco, sencillo y sin doblez.
—¿No quiere usted comer con nosotras? —preguntó Elena.
—Sà —contestó Dale—. Asà ahorraremos tiempo.
Además, la comida caliente sabe mucho mejor. Tras varios minutos de silencio, Dale advirtió:
—Aquà tenemos a Tom.
Elena admiró las lÃneas a la vez elegantes y fornidas del felino, que se acercaba lenta y majestuosamente. De color leonado, su piel magnÃfica lucÃa algunas manchas blanquecinas. Sus patas flexibles y sus garras poderosas producÃan espanto. TenÃa la cabeza erguida y miraba con ojos de fuego.