El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —No me crea desagradecida —protestó Elena—. Es usted un hombre excelente, muy caballero; es mucho lo que le debo, y mi reconocimiento será eterno.
Dale permanecÃa frente a ella erguido y mirándola con sus ojos vivos y penetrantes.
—Tal vez tenga usted que permanecer aquà conmigo durante varias semanas y quizá meses si tenemos la mala suerte de quedar aislados por las nieves —dijo lentamente, como si buscara las palabras con el fin de revelar su pensamiento—. Ustedes están aquà en seguridad, ningún ladrón de ovejas será capaz de descubrir este campamento; yo haré todo lo que sea menester, para dejarla a salvo en poder de su tÃo. Pero es necesario que se tomen todas las precauciones debidas y que se haga todo lo que deba hacerse. Aquà no les ha de faltar de comer y el paraje es delicioso.
—¡Oh, sÃ, delicioso, espléndido! —exclamó Bo—. ¡Un verdadero paraÃso!
—¡Un paraÃso! —comentó Dale—. No es la primera vez que le oigo comparar estos lugares a un paraÃso.
—SÃ, este paÃs es una maravilla —dijo Bo, con la alegrÃa retratada en su mirada.
—Ahora a comer —dijo Dale—; espero que el pavo les gustará.