El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¿Cómo? —repitió, dibujándose en sus labios una sonrisa de seguridad en sà mismo—. Conduciéndolas a caballo a sitios hermosos y haciéndolas trepar a alturas casi inaccesibles. Y demostrándolas, además, si la Naturaleza les interesa, cuán poco la conocen ustedes, lo mismo que la mayorÃa de esas personas que se llaman civilizadas.
Elena comprendió una vez más que aquel hombre, cazador, misántropo, ermitaño o lo que fuere, no carecÃa de ilustración, aun cuando propiamente no pudiera decirse de él que tuviera cultura alguna.
—Mucho me gustará ampliar mis conocimientos al lado de usted —dijo.
—También a mà me gustará mucho —aseguró Bo—. Nunca podrá usted calmar la curiosidad de una hija de Missouri.
La sonrisa que estas palabras provocaron en los labios de Dale determinó una corriente de simpatÃa entre él y Elena. En el cazador habÃa algo de esa naturaleza agreste que tanto le agradaba, una quietud, una tranquilidad, una calma, un espÃritu frÃo y claro como el aire de la montaña, una fuerza, un vigor, muy parecidos al de las fieras de que él gustaba rodearse.
—Apuesto a que puedo decirles muchas más cosas de las que serán capaces de recordar.
—¿Qué apostará usted? —preguntó Bo.