El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Perdóneme —dijo, fijando sus ojos azules en los de ella—. Le ha gustado a usted como a las demás muchachas que recuerdo. No hace tanto tiempo que abandoné la casa de mis padres. Mis amiguitas de entonces se hubieran aburrido enormemente aquÃ. —Y dirigiéndose a Bo le preguntó—: Y usted, ¿cómo soportará la soledad? Yo creà que usted serÃa la que la aceptarÃa con más agrado y su hermana la que la sufrirÃa con más dificultad.
—No suelo aburrirme con mucha frecuencia —respondió Bo.
—Esto me satisface mucho, pues no habiendo tenido nunca a ninguna muchacha en mi compañÃa me asustaba pensar que pudieran ustedes sentir excesivamente la nostalgia del hogar. No obstante, dentro de un dÃa o dos, cuando ustedes no sientan ya los efectos del cansancio, les ayudare a encontrar algún entretenimiento.
Los ojos de Bo brillaron con el interés que despertaron en ella estas palabras.
—¿Cómo? —preguntó.
No habÃa en el tono de su voz la ironÃa dubitativa de una muchacha de la ciudad en coloquio con un hablante de las selvas, sino una sincera expresión de curiosidad. Pero Dale juzgaba que su honor le obligaba a demostrar que era hombre capaz de cumplir lo que acababa de prometer.