El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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¡Quién hubiera tenido las alas de aquella ave! Entregando su imaginación a estos pensamientos, Elena fue conciliando el sueño. Durmió toda la tarde, y al despertarse hacia la hora de ponerse el sol, encontró a Bo acurrucada a su lado. Dale las había cubierto previsoramente con una manta. Había encendido además una hoguera cerca de ellas, adivinando que la temperatura había de descender.

Algo más tarde, cuando, con sus abrigos puestos, fueron a colocarse junto al fuego, recibieron la visita de Dale.

—Temo que, privadas de las distracciones habituales de la ciudad, pasarán ustedes en estas soledades largos ratos de aburrimiento —dijo—, pues no pueden estar durmiendo constantemente.

—¡Soledades! —repitió Elena. Hasta entonces no había pensado en lo terrible que debía de ser la soledad.

—Mucho me ha preocupado esto —dijo Dale, sentándose como un indio junto al fuego—. Es muy natural que a ustedes se les hagan las horas largas aquí, acostumbradas, como están, a la compañía y a las distracciones.

—No oreo que la soledad me pese demasiado —repuso Elena con tono enfático.

Dale no mostró la sorpresa que le causaban estas palabras por no herir los sentimientos de la muchacha.


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