El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¿Qué podrÃa hacer yo en esta soledad? —preguntó Elena, descorazonada.
—Descansa —respondió Bo—, y no pongas esa cara de sufrimiento. Andas renqueando como una vieja baldada.
A Elena, esta comparación le pareció exagerada, pero el consejo de su hermana no podÃa ser más prudente. Las mantas extendidas encima de la hierba parecÃan invitarla al reposo, calientes, como estaban, por el rato que habÃan permanecido expuestas a los rayos del sol.
La brisa soplaba suave, acariciadora, fragante, transportando a lo lejos el murmullo de la cascada melodiosa y grata al oÃdo. Elena se preparó una almohada y se entregó al descanso. Los pinochos dibujaban, con sus entrelazamientos, caprichosos cañamazos sobre el cielo azul. No habiendo pájaros que cautivasen su atención, Elena se puso a considerar lo difÃcil que era atravesar las distancias a través de una atmósfera purÃsima. Un águila negra, enorme, parecÃa un pequeño pajarito a la altura en que se cernÃa.