El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Muy bien; Elena será el juez —dijo Dale, medio en broma, medio en serio—; lo primero que haremos para matar el tiempo será lanzar nuestros caballos al galope tendido para ver cuál corre más. Pescaremos luego en los arroyos y cazaremos en los bosques. Ya verán la maña que me doy para abatir la caza. Treparemos a los picachos más altos para gozar de vistas espléndidas. Les descubriré una porción de secretos de la Naturaleza. Que deseen ustedes verdaderamente aprender o que me oigan y escuchen solamente movidas por un verdadero espíritu de curiosidad, es lo mismo; lo que importa es que yo gane la apuesta. Verán cómo este gran parque salvaje que habitamos ha nacido en el cráter de un volcán que estuvo en tiempos remotos cubierto de agua. Verán como las nieves se acumulan en invierno en toda la montaña, casi hasta el pie de la misma, por un lado, cuando en el otro no llegan nunca a cuajar. Verán cómo crecen los árboles y viven y luchan unos contra otros defendiendo también la vida de cada uno, de los ataques de los demás y protegiendo mancomunadamente el bosque contra la fuerza de los vientos. Verán también, como retienen el agua que da origen a las fuentes y a los grandes ríos. Verán como las criaturas y animales que viven en los bosques son útiles a la existencia de los mismos, no pudiendo existir los unos sin los otros. Les mostraré, por último, mi colección zoológica, compuesta de animales salvajes y domésticos, y les demostraré que el hombre es quien hace que los animales sean ariscos con el mal trato que les da, pues todos se domestican fácilmente y acaban por amar al amo que los trata bien. Verán como en la vida del bosque reina y predomina la lucha, como viven los osos y los felinos y los lobos y los venados. Verán cuán truculenta es la Naturaleza, cuán cruelmente desgarra el lobo o el jaguar su presa. Verán como sediento de sangre vive el lobo y con qué feroz placer desgarra el jaguar el trozo de la pobre víctima que cae entre sus garras desde la cruz hasta la grupa. Y advertirán que esta crueldad de la Naturaleza, esta sanguinaria sed de sangre del lobo y del jaguar, esta necesidad de vivir en constante alerta para huir a tiempo de sus enemigos es lo que da al ciervo la belleza de sus líneas elegantes y mantiene en la especie la agilidad y sensibilidad que le caracterizan. Sin estos enemigos tremebundos, la especie degeneraría y concluiría por perecer. Verán cómo este principio selecto obra e influye en todas las criaturas de la selva. La lucha es ley impuesta a toda la creación. Sin ella no hay salvación posible. Si tienen ustedes un espíritu observador, advertirán que la ley de la selva es la misma que la de la humanidad, aun cuando no existen ya en el mundo hombres antropófagos. Los árboles luchan, las aves luchan, los animales luchan, los hombres luchan.


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