El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Dale siguió hablando, casi como un sonámbulo, con una extraña exaltación. Su voz tenÃa cálidas inflexiones, era enérgica y persuasiva. A veces fijaba sus ojos azules en los de Elena o en los chispeantes de Bo, que le escuchaba embelesaba; otras veces contemplaba, como ensimismado, las llamas que surgÃan de los olorosos leños. ParecÃa buscar ritmo y ardor en aquella lumbre dorada.
La secreta vida de los bosques —con sus perfumes y susurros, sus ignotas flores, sus cascadas de cristal y de nieve— vibraba en las descripciones de Milt Dale. Sólo un hombre compenetrado con los grandes bosques y las praderas salvajes podÃa hablar de aquel modo. En su mirada parecÃa reflejarse la extraña luz de los crepúsculos contemplados entre el ramaje de los cedros o el titilar de las estrellas invernales. HabÃa en sus ademanes una singular energÃa, que adquirÃa, a momentos, como un dejo bravÃo, un Ãmpetu de fiereza. Pero Milt Dale irradiaba casi siempre serenidad y sosiego; su voz, su mirada, toda su persona, inspiraban confianza y comunicaban una sensación de paz.