El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque El viento había cambiado de dirección durante la noche y la lluvia había cesado. En los lugares despejados la hierba estaba cubierta con una leve cana de escarcha. Todo era gris; las sombras lo poblaban todo, como espectros. Poco a poco el Este fue inflamándose y no tardaron los alegres rayos del sol en llenar de claridad todos los ámbitos.
Éste era siempre para Dale el momento más feliz del día, así como el del ocaso era el más triste. Algo había en su sangre que acompañaba al despertar de toda la Naturaleza. Sus pasos eran largos, silenciosos, e iban dejando oscuras huellas sobre la hierba húmeda.
Para evitar una ascensión penosa, Milt Dale marchaba describiendo eses. Lo mismo los llanos altos y abiertos que los bosques espesos le brindaban su abundante caza. Un crujido entre la ramas, una mancha gris entre los arbustos, un objeto cualquiera en movimiento, todo tenía para Dale una significación fácil de reconocer. Al asomar cautamente por un terromontero, divisó una zorra que estaba espiando una mancha gris que luego resultó ser un grupo de perdices. Levantaron el vuelo tronchando las ramillas más delgadas, y la zorra desapareció en veloz carrera. En todas las llanuras altas, Milt Dale encontraba gran número de pavos silvestres que se alimentaban con las semillas de la abundante hierba.