El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Me parece que lo mejor será pernoctar aquà —murmuró, acercándose al fuego. Los leños estaban hechos ascuas. De los bolsillos de su cazadora se sacó un paquetito de sal y algunos trozos de cecina, que puso a asar al fuego y que comió luego con el hambre y la satisfacción del cazador acostumbrado a la sobriedad.
Se sentó en un tronco y adelantó las manos hacia el fuego fijando la mirada en las doradas y rutilantes ascuas. El viento soplaba con furia cada vez mayor, desgajando ramas y produciendo en el bosque horrÃsono estruendo. El suave calor del interior de la cabaña era como una invitación al sueño. El rugido del viento entre los árboles comenzó a sonar en los oÃdos de Milt Dale; al principio, como una cascada; luego, como un ejército en retirada, y finalmente, como un susurro quedo y melancólico. Y en las brillantes ascuas veÃa, como en sueños, mil y mil imágenes extrañas.
Comprendiendo que no tardarÃa en pegar los ojos, volvió a subir al sobradillo y tendiéndose cuan largo era se quedó pronto profundamente dormido.
Púsose en camino, sin embargo, antes de rayar la aurora.