El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Ninguna circunstancia, ningún movimiento le parecÃa fortuito. Rara vez cambiaba ninguno de sus métodos o de sus hábitos. El haberlo hecho, sin motivo alguno para ello, aquel dÃa, y el haber descubierto, por tal causa, el plan que se tramaba contra una joven, era una coincidencia que le hacÃa meditar.
Cuanto más consideraba los hechos, más sentÃa Milt Dale una extraña emoción, un calor raro, apoderarse de su cuerpo. Él, a quien tan indiferente le dejaban las querellas de los hombres, sentÃa encendérsele la sangre ante las cobardes maquinaciones en contra de una joven inocente.
—El viejo Al no querrá oÃrme —lamentó—, y aun cuando me oyera, no me creerÃa. ¡Quizá nadie quiera creerme! Como sea, Snake Anson no se apoderará de la muchacha.
Estas palabras dieron a Dale la satisfacción de una decisión firmemente tomada y sus reflexiones cesaron. Cogió su fusil, bajó a la planta baja y asomó la cabeza por la puerta. La oscuridad era aún mayor, el viento soplaba con más fuerza, el frÃo habÃa recrudecido. Tirones de nubes barrÃan el cielo, dejando sólo acá y acullá alguna que otra estrella. Las ráfagas del Noroeste lanzaban contra las paredes de la cabaña el orvallo de una lluvia cernida y fina. Mil sonidos sordos llenaban la selva.