El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Tras unos momentos de silencio, Dale volvió a hablar de la áspera vida de los cazadores. Al conjuro de su voz surgÃa, en la angosta choza, todo el cortejo de las estaciones: los otoños de oro y púrpura, la blanca majestad de los inviernos, las claras flores de abril. En sus palabras palpitaba el misterio, la rudeza y la dulzura de las grandes soledades.
—Milt Dale, he perdido la apuesta —declaró Bo, con una seriedad impropia de sus pocos años.
—Me habÃa olvidado de ella —dijo Dale—; ya ve usted, cuando la ocasión se presenta, como yo no tengo aquà ocasión de hablar sino conmigo mismo o con Tom; muchas veces, para no perder el hábito de la palabra, pienso en voz alta o me pongo a hablar con cualquier ser irracional o con cualquier objeto inanimado.
—Yo no me cansarÃa nunca de oÃrle —manifestó Bo. Habla usted con tal entusiasmo de la vida en los bosques que, a pesar de sus peligros, casi me gustarÃa ser cazador. PasarÃa meses y meses sin ver a nadie. ¡Qué delicia! Mis compañeros serÃan los árboles, el viento y las nubes. Estoy segura de que no me aburrirÃa, aunque (he de confesarlo) no dejarÃa de pasar algún ratito de miedo.
—Olvida usted que me acompañan a menudo el puma y el osezno —dijo sonriendo Milt Dale.
—¿Lee usted? ¿Tiene usted algún libro? —preguntó Elena.