El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Aquel cinturón de pinos terminaba bruscamente junto a una zona de tierra abierta, casi una pradera, con colinas acá y acullá y algunos grupos de álamos temblones de cuando en cuando. Allí encontró Dale una manada de unos cuarenta pavos salvajes. Por sus colores sin brillo y sus líneas menos vigorosas comprendió Dale que todos eran hembras. Ni un solo pavo había en el grupo. Al darse cuenta de la presencia del cazador empezaron a correr todas por entre la hierba, sin mostrar más que las cabezas, y desaparecieron luego prontamente. Dale se fijó, también, en unos coyotes que habían estado espiando a las pavas con propósito de caer sobre ellas al menor descuido, disparando contra uno de ellos, aunque sin ánimo de herirle. La bala fue a hundirse en el suelo, y el animal, asustado con el estampido y el golpetazo de hojas y tierra que recibió en el hocico, se internó velozmente entre la espesura, huyendo del peligro. Ésta era una de las diversiones del cazador solitario. Su fusil estaba siempre dispuesto a matar cualquiera de los muchos animales dañinos de la selva, aunque Dale sabía muy bien que en el grande y vasto plan del Universo, el puma, el oso, el lobo y la zorra eran tan necesarios como los otros seres más débiles e indefensos que les servían de alimento. Pero él amaba más a estos que a aquéllos, y así, aun doblegándose ante arcanos que acataba, no podía menos de deplorar la inevitable crueldad.


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