El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Al día siguiente Dale les demostró un ejemplo todavía más misterioso de la Naturaleza. Las llevó a caballo a una de las verdes vertientes de la montaña, llamando su atención sobre los diferentes crecimientos de los árboles en las distintas latitudes de la montaña hasta llegar a un punto en donde la vegetación era escasa y enana. En el límite de la línea de verdura les enseñó una picea desmedrada y reducida con casi todas sus ramas desnudas, dirigidas hacia un mismo lado. Era un árbol verdaderamente escuálido. Estaba solo, aislado. Apenas si había una mancha de verdura cerca de él. Pero era un árbol vivo y fuerte; ningún rival le quitaba parte del sol y de la humedad que le correspondía. No tenía más enemigos que la nieve y el viento frío de las alturas.
Todo aquello que Dale decía era tan maravilloso y tan misterioso como terrible, y en aquel momento Elena sentía en su corazón el terror y la alegría de vivir. Aquellos extraños fenómenos que Dale ponía ante sus ojos habían de contribuir enormemente a transformar su carácter, y aun cuando las lecciones que acababa de recibir fueran dolorosas, Elena las agradecía.