El Hombre del Bosque

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XI

—Te montaré aunque me descrisme —aseveró Bo enseñando el puño a la jaca torda.

Dale permaneció junto a ella con alegre sonrisa dibujada en su cara. Elena estaba no muy lejos presenciando la escena con tanto temor y sobresalto que no tuvo fuerzas para gritar a su hermana que desistiera de su empeño. La hermosa jaca era de finos remos, muy ágiles y dispuestos para la carrera; sus crines eran largas y oscuras; su cabeza era una preciosidad. Tenía una manta atada en el lomo; pero no estaba ensillada. Bo la aguantaba por el ronzal. Su blusa, descotada, estaba cubierta de motas y hierbecillas. Su cabello le caía por las mejillas lacio y desordenado. Una de sus mejillas estaba manchada de tierra, y acaso también de sangre. La otra estaba pálida y roja. Sus ojos brillaban. De sus cejas goteaba el sudor mientras tiraba del ronzal de la jaca para que no se le escapara.






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