El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —SÃ; si ustedes oyeran alguna vez el quejido de un puma lo confundirÃan con el de una mujer en la agonÃa. El quejido del jaguar es la cosa más tétrica y espeluznante que pueda oÃrse en la noche. El aullido del lobo es lúgubre, terrible y melancólico; pero el quejido del jaguar es más desesperado, más semejante a un grito humano, más terrorÃfico y desolador. Vamos a ensillar los caballos para recorrer estos contornos. Quizá Pedro descubra algún puma encaramado en algún árbol. En este caso, Bo, ¿tirarÃa usted sobre la fiera?
—¡Claro que sÃ! —afirmó Bo con la boca llena.
Terminada la comida efectuaron una detenida exploración por los alrededores. Aun cuando ascendieron a varias alturas no subieron a ninguna desde la que pudieran divisar las inmensidades del otro lado de la cordillera. Dale las obligó a subir y bajar varias veces hasta llegar a una elevación desde la cual la vista dominaba varios bosques y no pocos riachuelos que lucÃan a la luz del sol la lÃnea tortuosa y plateada de su largo curso.
Dale tuvo que llamar varias veces a Pedro, porque el animal, excitado con la emoción de la caza, se alejaba más de lo justo.
—Aquà tienen ustedes una antigua vÃctima —dijo Dale señalando algunos huesos diseminados bajo una picea.