El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Yo, no; de ninguna manera —protestó Dale apretándose los costados para no reventar de risa.
Bo miró al cazador con la misma indignación que a su hermana.
—Supongo que aunque la jaca me hubiese coceado y aplastado, reirÃan ustedes de la misma manera —dijo—. Lo que más siento es el traje. Ya tienen razón en reÃrse. Debo de estar hecha una facha. Elena, ya has visto que he salido victoriosa. He montado a esa jaca brava. SÃ, sÃ; he sabido montarla. Ya me gustará verte a ti probándolo. RÃete lo que quieras, porque la cosa no es para menos; pero si te quieres reconciliar conmigo, has de ayudarme a limpiar el traje.
Algo avanzada la noche, Elena oyó como Dale llamaba a Pedro, lo que no pudo menos de alarmarle. Nada sucedió, sin embargo, y no tardó en conciliar nuevamente el sueño. A la mañana siguiente Dale explicó, mientras comÃan, lo sucedido.
—Pedro y Tom estaban inquietos esta noche. Su nerviosidad me indica que deben andar algunos felinos por aquÃ. Yo mismo oà el quejido de uno de ellos.
—¿El quejido?