El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Sí, pero ni veo, ni puedo respirar. Tengo boca, nariz y ojos cubiertos de barro. Mi lindo traje de montar, que era nuevo, también está sucio y manchado.

Bo decía esto con voz compungida, casi próxima al llorar. Elena, al ver que su hermana había salido ilesa del percance, empezó a reír. Bo era para ella en aquel momento la cosa más graciosa que había visto en su vida.

—¿Te estás riendo de mí, Elena? —preguntó Bo con enojo e indignación.

—¿Riéndome? No, no me río. ¿No ves que sólo…?

—¿Cómo puedo ver nada, si mis ojos tienen una capa de barro que no se quiere desprender? No te veo; pero te oigo y no me gusta que te rías.

Dale se reía también, pero sin hacer ruido, por cuya razón Bo no pudo enterarse. A todas éstas llegaron al campamento y Dale procedió a quitar el barro de la cara de Bo, con una toalla húmeda. No obstante eso, Bo quiso darse unos buenos chapuzones en el agua y, frotándose bien con las manos, consiguió verse libre al fin del barro que le cubría la cara y le tenía el cabello hecho una masa.

—No me he descrismado; pero el traje ya no vale nada. Ya arreglaré yo las cuentas a ese caballo. Ahora deme usted la toalla. ¡Ah! ¿Pero también se ríe usted de mí, Milt Dale?


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