El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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El pequeño pueblo de Pine estaba situado junto a los últimos árboles del bosque. Las chozas de madera que lo componían, de cuyos techos se elevaban perezosamente al cielo algunas columnas de humo, estaban colocadas a uno y otro lado de una calle paralela a un arroyo de agua oscura y rápida corriente. Campos de trigo y de avena, amarillentos bajo los rayos del sol, rodeaban la aldea. Abundaban también los verdes pastizales con caballos y ganado lanar y vacuno. Era un lugar desprovisto de bosque por la misma Naturaleza, pues no había signo alguno de tala de árboles. Demasiado agreste el cuadro para servir de escenario a un poema bucólico, estaba, sin embargo, impregnado de majestad y calma; sus chozas, su tranquilidad, su quietud, sugerían la idea de alguna comunidad remota, próspera y feliz en su vida retirada y sencilla.

Dale se detuvo delante de una cabaña de madera, rodeada de un jardincito con girasoles. A su llamada, salió a la puerta una anciana, de pelo blanco y espalda encorvada, pero de mirada viva y sano aspecto.

—¡Oh, bendito sea Dios! Milt Dale, si mis ojos no me engañan —exclamó alborozada.

—Yo soy, señora Cass —fue el afectuoso saludo—. Y aquí le traigo un pavo.


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