El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Si le han halagado las palabras de mi hermana —contestó Elena—, yo no podría ser sincera sin herir sus sentimientos. El hecho de no haber querido Bo matar al puma me ha causado más placer que nada en el resto del día. En todo lo que ha dicho Bo no veo sino razones de orden puramente físico. Recuerde usted, Dale, lo que nos dijo respecto al elemento físico de la vida. Al oír a mi hermana diríase que no es sino una hembra joven, salvare y sensible de la especie. El entusiasmo que ha suscitado en ella la cacería es muy parecido al que hubiera sentido una india. Bo ha odiado siempre el estudio. La cacería de hoy ha sido una revelación para mí. Muchas de las sensaciones que he sentido se parecen a las que Bo dice haber experimentado, aunque las mías han pido menos intensas porque las he sofocado con mi razón y mi cansancio. Había en mí dos naturalezas: una, que me ha sorprendido por su violencia y su irresistibilidad; era como si un insospechado aspecto de mi personalidad surgiera súbitamente dentro de mí diciéndome: aquí estoy, aquí estoy yo; no olvides que en adelante tendrás que contar siempre conmigo. Una vez el caballo cayó y me arrojó al suelo. No se alarme usted: ha sido una caída con suerte, porque gracias a la blandura del terreno salí ilesa. Pero mientras iba por el aire pensé que aquel instante había de ser el último de mi vida. Muchas de las cosas que he pasado y sentido hoy se parecen mucho a las que me han hecho pensar y sentir mis estudios y lecturas; pero la realidad y la acción han sido causa de que las sintiera con más intensidad.


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