El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Dale escuchaba sopesando gravemente las palabras de Elena, y cuando ésta terminó de hablar cogió una estaca para revolver las cenizas del fuego. Su cara no expresaba la menor emoción; sus rasgos impasibles y serenos no se habían alterado en nada; pero a Elena le pareció leer en la mirada de aquel hombre cierta tristeza, cierto anhelo vago e indefinido, cierto temor y melancolía. Ella había hablado como lo había hecho sólo porque tenía curiosidad de oír lo que el cazador contestaría.
—Creo haberla entendido perfectamente —contestó Dale—, aun cuando confieso que lo que acaba de servirme es un plato demasiado fuerte para mi corta inteligencia. He leído varios libros, pero en ninguno de ellos he encontrado palabras tan sugerentes como las que acaba de pronunciar. Lo que yo concluyo de todo esto es que usted tiene la misma sangre de Bo, y que la sangre es más fuerte que el cerebro. La sangre es vida, y le convendría dar rienda suelta a sus instintos como hace su hermanita. Su sangre de usted hizo esto hace mil años o diez mil años, antes de que naciera la inteligencia en sus antecesores. El instinto no es tal vez superior a la razón, pero es más antiguo. Hoy su cabeza estaba llena de pensamientos demasiado coercitivos. Usted no ha sabido olvidarse de sí misma; no ha sabido entregarse por completo a la sensación y al instinto como lo hace Bo. No ha sabido ser sincera con su propia naturaleza.