El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —No estoy conforme —replicó Elena—. Yo no necesito convertirme en una india para ser leal a mà misma.
—SÃ, es necesario —insistió Dale.
—Nunca podrÃa ser una india —declaró Elena categóricamente—. Yo no podrÃa dejar nunca el sentimiento sin la restricción de la idea y la razón como usted dice que ha hecho Bo. ¿De qué servirÃan todos mis estudios si no tuviera yo dominio de mis sentimientos primitivos y de mis instintos?
—Usted perderá este dominio que ahora cree tener sobre su naturaleza cuando llegue el momento —respondió Dale—. La educación que tiene y sus estudios la han apartado considerablemente de su propia naturaleza, pero los instintos naturales están latentes dentro de usted y surgirán con incontrastable fuerza cuando deban surgir.
—No, aun cuando yo viva cien años en el Oeste —aseguró Elena.
Aquà Bo soltó la carcajada.
—¿Sabes lo que dices, hermana?
—Insisto —añadió Elena— en que nunca perderé los sentimientos que ha sembrado en mi alma la civilización. Lo digo porque me conozco.