El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Bo le vio alejarse y en seguida se puso a ensillar su jaca.
—Supongo que no vas a seguirle —le dijo Elena.
—Te equivocas mucho. Le seguiré, puesto que el no me lo ha prohibido.
—Pero de sobra comprendes que no desea nuestra compañÃa.
—Quizá no desee la tuya, pero de la mÃa estoy segura que no ha de protestar —replicó Bo.
—Eso crees tú —exclamó Elena mordiéndose, ofendida, el labio, para no dar una mala contestación a su hermana. ¿Tan cobarde era? ¿En tan poco tenÃa Dale su valor? ¿Se figurarÃa el cazador que de las dos, Bo era la única valerosa? ¿Para qué engañarse? ¡Era evidente que Bo tenÃa razón!, y que ésta era la opinión de Milt Dale.
Un irresistible impulso la llevó a ensillar a su vez su caballo. Ya tenÃa el aparejo casi completamente colocado cuando la voz de Bo la distrajo.
—Oye. Elena —le dijo.
Elena escucho, llegando hasta sus oÃdos un fuerte aullido.
—¡Pedro! —exclamó estremeciéndose.
—SÃ; nunca le habÃamos oÃdo aullar asÃ.
—¿Dónde está Dale?