El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque El instante en que el oso desapareció fue para Elena de un espanto en nada inferior al que sintió cuando el oso apareció ante su vista. Pasmada por el horror no había podido moverse ni pensar. Se había convertido de repente en una masa de carne fría e inerte, cubierta de sudor, temblorosa. Su mente había pasado por unos instantes de verdadera paralización; pero volvía a trabajar lentamente. El momento no era menos terrible que aquél en que el oso, al verla, había expresado en un gruñido salvaje toda su furia y fiereza. Estaba poseída de una fuerte emoción que le impedía pensar y actuar. Su cuerpo temblaba como el azogue, pero le era imposible levantar una mano. Tenía un nudo en la garganta. La respiración le faltaba. El peso enorme que oprimía su corazón fue aligerándose antes de que recuperase el movimiento de sus miembros. El pasmo fue disipándose, como una pesadilla, resurgiendo la conciencia y el uso de todos los órganos y miembros del cuerpo. ¡Qué alivio experimento Elena entonces! Lo primero que hizo fue mirar anhelante en torno suyo. Ni el oso ni el caballo estaban por allí. Se levantó, aunque con pena y trabajo. Se acordó de Bo y este pensamiento contribuyo a darle nuevas fuerzas. Escuchó, en seguida, con atención.