El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Dale la condujo a lo largo de la cresta de aquella cordillera frondosa hacia el extremo occidental, mucho más alto que el otro. En muchos lugares faltaba la vegetación por ser el suelo rocoso. Dale señalo un promontorio. Elena vio la silueta de un alce dibujándose perfectamente sobre el cielo azul; la grupa era gris, la cruz y la cabeza negras. Con su magnífica y desarrollada cornamenta y su cuerpo robusto, parecía una estatua puesta en aquellos lugares para contribuir a la ornamentación de la montaña. Miraba hacia el valle escuchando sin duda alguna los ladridos del perro. Cuando oyó al caballo de Dale dio un bote elegante y vigoroso desapareciendo con su cornamenta tras la espesura. Dale volvió a señalar una parte de terreno desprovista de vegetación.
Elena vio grandes vestigios redondos en el suelo, que le hicieron estremecer porque reconoció en ellos las huellas del enorme oso gris.
En aquella cresta tan abrupta era imposible cabalgar de prisa, gracias a lo cual Elena pudo respirar esta vez con mayor facilidad. Por fin, al llegar a la cumbre de la montaña, Dale oyó al perro.
Los ojos de Elena no pudieron recrearse en la belleza salvaje de un paisaje que se extendía ante sus ojos por la ladera occidental de la montaña, pelada en su parte más alta y gradualmente más y más frondosa hasta la profundidad de los valles y cañones.