El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque De este modo, mientras le preparaba la refacción, la buena mujer iba contando a Dale todo lo ocurrido en la aldea desde la última visita del solitario cazador. Dale disfrutaba oyéndola y sabÃa hacer los honores a los manjares con que ella le regalaba. Estaba convencido de no poder hallar en ninguna otra parte la manteca y la nata, el jamón y los huevos con que le obsequiaba la señora Cass. Esta buena mujer le obsequiaba siempre con pasteles de naranja, única cosa que echaba verdaderamente de menos cuando vagaba por los bosques.
—¿Cómo está el viejo Al Auchincloss? —preguntó Dale.
—Mal, mal —suspiró la bondadosa señora Cass—. Pero anda, monta y se mueve como siempre. No vivirá mucho tiempo. Por cierto que aún no le he dado a usted la gran noticia.
—¡Una noticia! —exclamó Dale para animarla.
—Al ha escrito a Saint Joseph llamando a su sobrina Elena Rayner para que venga a heredar su propiedad. Hemos oÃdo hablar mucho de ella. Es una muchacha muy buena, según dicen. Milt, aquà tiene usted una ocasión magnÃfica para casarse.
—No pienso casarme por ahora, señora Cass —aseguró Dale sonriendo.
—¡Tantas como querrÃan casarse con usted! —suspiró la buena mujer.