El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Conmigo! ¿Por qué? —preguntó divirtiéndose con la conversación, pero algo pensativo. Cuando hablaba con las personas civilizadas siempre tenÃa que ajustar sus pensamientos a los de ellas.
—Porque no hay hombre por estos contornos que pueda compararse con usted. Esta muchacha tendrá toda la belleza y todas las prendas de las Auchincloss.
—Pues no creo que pueda convenirme —repuso Dale.
—Es verdad que no tiene usted muchos motivos para amar a ningún miembro de la familia Auchincloss; pero, muchacho, las Auchincloss han sido siempre buenas esposas.
—Usted sueña, señora Cass —exclamó Dale, categórico—. No quiero casarme. Soy feliz en los bosques.
—¿Piensa usted continuar asà toda la vida?
—Asà lo espero.
—DeberÃa darle vergüenza, Milt. Pero ya le atrapará a usted algún dÃa alguna muchacha. Quizá sea esa Elena Rayner que todos esperamos. Yo he de rezar incansablemente porque asà suceda.
—Supóngase que esa Elena Rayner fuese capaz de cambiar mis ideas, nunca cambiarÃa las del viejo Al, y ya sabe usted que me detesta.