El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —No estoy yo tan segura de esto, Milt. El otro dÃa, al encontrarle, me preguntó por usted, diciéndome que usted es un semisalvaje, pero bueno en el fondo, y que los hombres como usted son de gran utilidad en una hacienda. Sólo Dios sabe todos los beneficios que los habitantes de esta aldea le debemos. El viejo Al no aprueba su vida selvática y errante; pero nunca tuvo un resentimiento serio contra usted hasta el dÃa en que su puma domesticado le mató tantas ovejas.
—No creo, señora Cass, que Tom matara nunca ninguna oveja —declaró Dale.
—Pero Al asà lo cree, y muchos opinan lo mismo que él —aseguró la señora Cass moviendo la cabeza con aire de incredulidad—. Usted nunca juró que el puma no las matara, y hay dos pastores que juraron haberlas visto matar.
—¿Qué saben ellos, si tan sólo vieron un felino, y echaron a correr llenos de miedo?
—Cualquiera hubiera hecho lo mismo. No hay quien no escape ante la proximidad de una fiera. Por lo que más quiera, Milt, no vuelva a traer aquà a su puma. Nunca olvidaré el dÃa que lo trajo usted. Todos los niños, los caballos y los habitantes de Pine huyeron.
—SÃ, pero Tom no cometió ningún desmán. Es el más dócil de todos mis animales. ¿No recuerda usted cómo le puso la cabeza en el regazo, tratando de lamerle las manos?