El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Es verdad, Milt; su puma se portó mejor que muchas personas. Pero su aspecto y lo que cuentan de él bastan para asustarme.
—¿Qué dicen de él, señora Cass?
—Dicen que no hay animal más temible, cuando no está usted delante, y que seguirÃa cualquier pista que usted le mandara seguir, hasta llegar al perseguido, matándolo.
—Es verdad, asà lo he amaestrado.
—Bueno, pues no vuelva a visitamos en compañÃa de él.
Terminó Dale su sabrosa colación y, después de hablar un rato más con la señora Cass, cogió su fusil y el otro pavo y se despidió de su amiga. Ella le acompañó hasta la puerta.
—No tarde en volver por aquà —le encargó—. La sobrina de Al Auchincloss estará entre nosotros dentro de una semana y necesita usted conocerla.
—SÃ, creo que pronto volveré a dejarme ver. DÃgame señora Cass, ¿ha visto usted a mis amigos los jóvenes mormones?
—No; ni los he visto, ni deseo verlos —replicó ella—. Milt Dale, si alguien ha de hacerle a usted alguna vez algún daño, témalo usted de los mormones.
—No lo crea. Son buenos amigos mÃos. Muchas veces, cuando me ven en el bosque, me piden que les ayude a acorralar alguna vaca, o a matar algún animal.