El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Su caballo, además, era muy nervioso y asombradizo. Era preciso darle rienda suelta dejándole en libertad de elegir por sí mismo el camino. Esto valió a Elena varios coscorrones y algunas desolladuras en cara y manos. Los ladridos del perro ya no llegaban a sus oídos. Los pinos eran chiquitines, crecían demasiado juntos y no se doblegaban fácilmente. Los golpes que la muchacha recibía en cara, manos y piernas menudeaban. El caballo parecía cada vez más empeñado en seguir el camino que a él se le antojaba en vez del que Elena quería. Esto valió un sinfín de torturas a la muchacha, especialmente cuando el animal se metió por entre un bosque de abetos demasiado apretados unos con otros para permitir fácil paso. Pero Elena no paraba ya mientes en estos pequeños detalles; la sangre le hervía de tal modo que sólo pensaba en alcanzar a Bo y a Dale, y en llegar pronto al lugar en donde debían de estar el oso y el perro luchando. No razonaba ya la necesidad de aquella marcha acelerada. Ni siquiera pensó en retener su caballo cuando recibió un testarazo que a punto estuvo de quitarle el conocimiento.
Por fin llegó Elena a otra pendiente. Allí oyó la voz de Dale resonando clara y vibrante por la selva. La contestación de Bo, aguda y penetrante, no tardo en demostrar que la muchacha no andaba lejos. Desde el fondo del cañón elevábanse también los gruñidos del oso y los ladridos del perro.