El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Nosotros la hemos descendido a pie, y aún nos hemos considerado muy dichosos por haber llegado hasta aquà ilesos —declaró Dale gravemente—. Ha sido una imprudencia descender hasta aquà a caballo. No comprendo cómo no se ha despeñado usted con su montura.
—Una vez nos fuimos rodando él y yo; pero no me despegue de la silla.
La admiración y la incredulidad tenÃan a Bo sin palabras. Dale sonreÃa satisfecho y complacido.
—Siento haberla dejado atrás —se excusó—, pero me imaginé que se volverÃa al campamento. Afortunadamente no le ha ocurrido nada malo. Lo que no me explicó es cómo ha podido usted cambiar hasta el punto de haber hecho lo que ha hecho.
Elena bajó los ojos no atreviéndose a afrontar la mirada inquisitiva que Dale le dirigÃa. Recordaba las preguntas que el cazador le habÃa formulado y su aseveración de que ella no conocÃa el verdadero sentido de la vida.
—La caza excita y enciende, tiene usted razón —dijo—. Nunca me lo habrÃa imaginado.
—¿En cuántas cosas cree usted que tengo razón?, —quiso saber el cazador.