El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La lÃnea oscura del bosque parecÃa oscurecerse todavÃa más. El resto del terreno, por el contrario, fue alumbrándose poco a poco. Las estrellas palidecieron y su número disminuyo. La luna avanzaba sin detenerse un punto en su carrera. Por encima de las copas de las piceas asomó el astro de la noche en cuarto creciente inundando la selva con su luz de plata en contraste con las sombras todavÃa más oscuras de las partes no iluminadas.
—¡Miren, miren! —exclamó Bo, impresionada por lo que acababa de ver.
—No grite usted tanto —le amonestó Dale.
—¿Cómo quiere que me calle si estoy viendo algo?
—Cállese —insistió el cazador.
Elena no pudo ver en el punto que Bo señalaba, sino el cielo claramente iluminado por la luna extendiéndose sin árboles ni vegetación hasta un pequeño collado.
—Cállense y no se muevan —ordenó Dale—, voy a ir arrastrándome hasta un punto desde el cual pueda ver el terreno desde otro ángulo. No tardaré en volver.
Retrocedió sin hacer ruido y rápidamente desapareció entre las breñas. Al quedarse sola, Elena sintió en el corazón algunos inopinados escalofrÃos que le recorrÃan todo el cuerpo.