El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque El crepúsculo brillaba todavÃa tenuemente a lo lejos, oscureciéndose y volviendo a brillar a intervalos como una aurora boreal. Dale continuó arrastrándose hasta detenerse entre dos árboles en el lindero del bosque.
—Vengan ustedes hasta donde yo estoy —dijo.
Elena se arrastro y Bo no tardo en alcanzarla jadeante con las mejillas pálidas y los ojos abiertos y asombrados brillándole en la penumbra.
—La luna empieza a levantarse en el horizonte —dijo Dale—; hemos llegado a tiempo; el oso no está aquà todavÃa, pero ya hay algunos coyotes, ¡miren ustedes!
Dale señalo en el cielo despejado un objeto ligero perceptible, algo distante del muro oscuro de piceas.
—Allà está el caballo muerto; si se fijan podrán ustedes ver perfectamente los coyotes; son muchos y no se están quietos un momento. ¿No los oyen ustedes?
Elena aguzo el oÃdo y no tardó en oÃr aullidos y dentelladas. Bo la tiro del brazo.
—Ya los oigo, están luchando —exclamó conteniendo el aliento, presa de gran excitación.
—Cállense ahora y miren y escuchen —aconsejo el cazador.