El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Tan tranquilamente marchaba Dale que Elena no podía oír sus pasos. La oscuridad era tal que muchas veces tampoco podía distinguirle. Bo no se apartaba un punto de su hermana Elena. Por fin llegaron a un terreno más llano en donde ésta pudo distinguir un fondo gris surcado por rayas negras. Era una parte de suelo desprovisto de vegetación con algunos árboles en primer término.
Dale se detuvo y obligó a vararse a Elena tocándola con la mano en el brazo. Era interesante verle escuchar erguido e inmóvil como uno de los árboles que le rodeaban.
—No ha venido todavía —murmuró, y comenzó a andar con toda clase de precauciones.
Elena y Bo le siguieron entre ramas secas y delgadas que, por ser invisibles, se rompían a su paso produciendo un ruido delator en la noche. Dale se arrodillo palpando el suelo.
—Tendrán ustedes que avanzar a rastras —murmuró.
¡Cuán difícil y emocionante era para Elena el andar de aquel modo! El suelo estaba cubierto de hojas y ramas que era preciso aplastar con cuidado. Con el cuerpo pegado al suelo la marcha era lenta, difícil y penosa; Dale abría el camino como una gruesa serpiente. Poco a poco el bosque iba siendo menos espeso; se aproximaban a su lindero. Elena vio una harte de terreno despegada con un muro de oscuras piceas en el fondo.