El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Dale lanzó el caballo al galope y los de Elena y Bo le siguieron. El suelo era escabroso con abundante maleza; los caballos, sin embargo, no tropezaron. Sus relinchos y nerviosidades mostraban la excitación de la caza. Dale condujo a las dos muchachas en torno a varios grupos de árboles hasta un lugar pantanoso y abundante de vegetación, y desde allí se dirigió en línea recta hacia el Oeste a través de una llanura abierta en dirección a la línea oscura que se dibujaba entre cielo y tierra. Los caballos marchaban en veloz carrera y el viento cortaba como una hoja acerada. La respiración de Elena era jadeante como si la muchacha acabara de subir laboriosamente una larga y escamada cuesta. Las estrellas comenzaron a tachonar el cielo, cada vez más oscuro a pesar de que en la tierra la luz crepuscular subsistía. Al llegar a un grupo de árboles que se extendían, Dale echó pie a tierra invitando a las muchachas a hacer lo mismo y atando los tres caballos a sendos árboles.

—No se aparten ustedes de mí y anden sin hacer rudo —dijo Dale en voz baja.

Pisando con mucho cuidado para no hacer ruido, Dale penetró en aquella parte del bosque llena de pasajes estrechos y recovecos. Cuando llegaron a la parte alta de la frondosa pendiente todo estaba oscuro como boca de lobo. Los árboles eran delgados y pequeñitos, sin vida muchos de ellos.


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