El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¿Nada? ¡Ya oÃs, muchachas! Este hombre no quiere que le alaben ni le agradezcan su bella acción. Ahora, usted, Dale, y vosotras, muchachas, escuchad. Yo tenÃa antes de usted, Milt, una triste idea; no me figuraba que valiera para otra cosa sino para esta vida de salvaje que lleva. Pero no sabe con cuánto placer rectifico mi juicio. El beneficio que acabo de recibir de usted es tan grande que no sé cómo agradecérselo, ni cómo pagárselo. Le ruego acepte mis excusas, por mis palabras y mi recibimiento incivil la última vez que estuvo en mi casa. Y aquà tiene mi mano, que deseo estrechar con la suya.
—Gracias —contestó Dale acertando con cordial y franca sonrisa la mano que le ofrecÃa—. Ahora, dÃgame, ¿piensa usted permanecer muchos dÃas en este campamento?
—No; el tiempo necesario para descansar un poco y recoger las cosas de mis sobrinas. Pero estoy seguro de que usted querrá venir can nosotros.
—Volveré a avisarles cuando el almuerzo esté dispuesto —dijo Dale retirándose sin contestar nada a estas últimas palabras de Auchincloss.
Elena adivinó que Dale no tenÃa la intención de ir con ellos a Pine, lo que le produjo una inexplicable contrariedad. ¿Acaso habÃa esperado alguna vez que las acompañara?
—Jeff —gritó Al, a uno de sus hombres.