El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La cordial llamada de Auchincloss volvió a Elena a la realidad. Todos estaban ya montados. Bo se le acercó con su caballo. La expresión de su cara era una mezcla extraña de sentimientos encontrados cuando alargó su mano para despedirse de Milt Dale: tristeza y felicidad, esperanza y nostalgia.
Las acémilas iniciaron el descenso por la verde ladera. Elena fue la última en montar, pero Roy fue el último en separarse del cazador. Pedro siguió de mala gana.
Gozosos y felices marchaban todos por la selva perfumada, entre mirtos y piceas. También el alma de Elena estaba henchida de ventura; pero, en ella, la felicidad no estaba exenta de dolor.
Recordaba que hacia la mitad de la cuesta había un mogote sin vegetación desde la cual se podía divisar perfectamente el campamento de Dale. Su impaciencia le hizo parecer largo el tiempo que tardó en llegar allá. Una vez en el mogote retuvo unos instantes su caballo para despedirse con la vista de los lugares que tanto había llegado a amar.
Roy se unió a ella en aquel momento, reteniendo su caballo a su lado. Enarboló su sombrero al propio tiempo que se despedía por última vez de Dale con un grito, cuyo eco, las montañas se encargaron de reproducir repetidas veces.