El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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XV

Dale permaneció un buen rato inmóvil, con la cabeza erguida y el brazo levantado, viendo alejarse a Elena, hasta que desapareció en el bosque. El vasto declive cubierto de piceas parecía habérsela tragado. Lentamente bajo Dale el brazo con un gesto expresivo de una desesperación de que él mismo no tenía conciencia.

Volvió a su campamento con el fin de distraerse dedicándose a los mil quehaceres de su vida selvática. Ni su campamento, ni su refugio, ni su trabajo parecían los de antes.

—Nada tiene de particular este sentimiento —soliloqueaba—, es muy natural; pero es completamente nuevo para mí. Ése es el resultado de tener amigos. A causa de Elena y Bo mi vida ya no es la misma.

No había trabajado aún una hora, cuando advirtió que la soledad empezaba a pesarle por primera vez en su vida. Hasta entonces había puesto siempre toda su atención en su trabajo, consistiera éste en lo que consistiera; pero después de la marcha de las muchachas trabajaba con la imaginación completamente ausente de lo que hacía.

El osezno gruñía pegado a sus talones, el ciervo domesticado le miraba con ojos melancólicos e interrogantes, el manso felino paseaba a derecha e izquierda, como buscando algo.


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