El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque No habiendo almacenado todavÃa sus provisiones para el invierno, cogió el fusil y salió a cazar. El humor en que estaba le pedÃa ejercicio y movimiento. Trepo a varias alturas y vio un gran número de ciervos, sin que se decidiera a disparar contra ninguno. Por fin vio un macho que le pareció más bravo y montaraz. Le apuntó y disparo en el mismo instante en que el animal daba un salto enorme para ponerse a salvo. El tiro dio perfectamente en el blanco y el animal rodó por tierra sin vida. Dale se impuso la hercúlea tarea de llevar el animal entero a su campamento. AsÃ, cargado, marchaba bajo los árboles, con el cuerpo cubierto de sudor, con la respiración jadeante y todos los músculos locomotores doloridos. Al llegar al campamento soltó al animal en el suelo y lo contemplo un rato. Era uno de los venados más hermosos que habÃa visto. Pero ni al descubrirlo, ni al matarlo, ni al arrastrarlo con un esfuerzo sobrehumano capaz de aniquilar a dos hombres, habÃa experimentado Dale las naturales emociones y la alegrÃa del cazador.
—Es la primera y natural impresión de soledad —reflexionó— después de tantos dÃas de agradable compañÃa; pero esto pasará pronto.