El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Equivocábase. La nostalgia de las muchachas había de ser más duradera. Como de costumbre, al volver de la caza, se sentó junto al fuego para observar desde allí la puesta de sol. Como de costumbre también colocó la mano sobre la cabeza del puma; como de costumbre se complació en observar el cambio de color de los últimos fulgores solares, desde el oro al rojo, hasta que la oscuridad envolvía la tierra; como de costumbre recreó sus oídos con el melodioso runruneo del agua. Todos los encantos de la selva, la belleza, la soledad, el silencio, estaban allí, pero el antiguo placer con que los saboreaba parecía perdido para siempre.
Melancólicamente hubo de confesarse que echaba de menos la grata compañía de las muchachas. En su precipitada introspección no distinguía entre Elena y Bo. Figurábase que tanto sentía la ausencia de una como de otra. Al acostarse no se durmió inmediatamente, como solía. A pesar del cansancio tardó un buen rato en pegar los ojos. Los bosques, la selva, las montañas, el campamento, todo parecía haber perdido algo. Hasta la oscuridad de la noche parecía vacía. Por fin se durmió; pero sólo fue para sentirse turbado por sueños agitados y extraños.
Apenas rayó la aurora se levantó y se fue a sus ocupaciones con el paso rápido del hombre acostumbrado a perseguir a los ciervos.