El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Al final de un día trabajoso, lleno como ninguno de los antiguos alicientes que le proporcionaban la acción y el peligro y de nuevas observaciones realizadas en el fondo de su conciencia, tuvo que confesarse a sí mismo que la caza ya no le proporcionaba el solaz y la alegría de los tiempos pretéritos. Varias veces durante aquel día, con el viento de las cumbres azotándole el rostro y los dilatados bosques de sauces y piceas extendiéndose a su vista, se dio cuenta de que miraba sin ver, que andaba sin plan ni objeto, soñando como nunca lo había hecho hasta entonces. Una vez que un alce magnífico se le puso a tiro encaramándose gallardo y magnífico sobre una roca, como si provocara a invisibles rivales, Dale ni siquiera se tomó el trabajo de levantar el fusil. En sus oídos sonaba en aquel momento la voz misteriosa de Elena, que le decía: «Milt Dale, tú no eres un indio, tú no eres un hombre que pueda entregarse a la vida egoísta y ociosa de un salvaje. A ti te gustan las soledades de la selva, pero esta vida que llevas no es útil a ningún hombre. El trabajo que no sirve para ayudar a los demás ni es útil a la humanidad ni puede llamarse trabajo».