El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Desde aquel momento sintió grandes remordimientos de conciencia. No era lo que más le gustaba, sino lo que el deber le dictaba, lo que tenía que hacer. El viejo Al Auchincloss tenía razón. Él estaba malgastando una inteligencia y unas facultades que debían aplicarse a algo que contribuyese al desarrollo y prosperidad de la vida del Oeste. Cuando había adquirido ya la experiencia de la vida, cuando con el conocimiento de las leyes de la Naturaleza había llegado apenas al sentido de la existencia y había comprendido las luchas que los hombres sostienen por la tierra que ocupan, por las propiedades que reivindican y por las ambiciones que les mueven e impulsan, no había motivo para que continuase la vida egoísta y solitaria, privando a la sociedad de un trabajo y de una ayuda que todos los hombres le deben.
Dale no odiaba el trabajo, pero anhelaba la libertad. Vivir solo, vivir en íntimo contacto con la Naturaleza, sentir sus elementos, trabajar y soñar sin coerción alguna, trepar a los riscos y peñascos más altos, dormir y conversar cuando le viniera en gana, sin preocupaciones de ninguna clase y sin que la idea del deber impuesta por las relaciones con los demás hombres le atormentara: éste había sido siempre el ideal de Milt Dale.