El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Pero la filosofía de Dale, fría, clara e inevitable como la misma Naturaleza, empezó a derrumbarse a los embates de las palabras de Elena. ¿Qué había querido ella significar? No que perdiera el amor a la selva, sino que lo tuviera también a la humanidad. Muchas de las palabras de la muchacha tenían profunda y transcendental significación. Él era un hombre joven, fuerte, inteligente, sin vicios. Podía, por lo tanto, ser útil a los demás. ¿A quién? A cualquiera, lo importante era concluir con aquella vida egoísta e inútil. A la pobre viuda Cass, por ejemplo, anciana y coja. O al viejo Al Auchincloss, con un pie en la sepultura, y sus enemigos, y sus propiedades codiciadas por éstos. O a Elena y Bo, nuevas en el Oeste y abocadas a las luchas consiguientes, a la vida del rancho, en medio de rivales y enemigos. O a tantos otros que conocía en Pine, que habían fracasado y que llevaban una vida dura y miserable, que él podía mejorar con su asistencia y cuidados.

Pero ¿y los deberes que tenía para consigo mismo? Porque los hombres vivían en perpetua lucha, explotándose unos a otros, y cebándose particularmente en los débiles. ¿No estaba con esto justificada su misantropía? ¿Conveníale, acaso, mezclarse con los hombres corrompidos, para corromperse como ellos? La respuesta fue clara y categórica: su deber consistía en vivir en sociedad, manteniéndose puro. La pequeña población de Pine estaba muy necesitada de hombres como él.


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