El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Era la hora de la puesta del sol, y contemplaba él con la nostalgia de costumbre los rosados fulgores de las cumbres nevadas, cuando descubrió la verdad en el fondo de su pecho.
—¡La amo! ¡La amo!, —comunicó en alta voz a las cúspides lejanas, a los vientos, a la soledad y silencio de su prisión, a los corpulentos árboles, a los tumultuosos arroyos y a sus fieles animales, en trágica y lastimosa confesión de su debilidad, de su asombro, de sus desesperación.