El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La lucha ceso cuando Dale se atrevió a mirar cara a cara a su propia alma. Bucear en su conciencia fue para él lo mismo que terminar con sus dudas, sus tribulaciones, sus anhelos y sufrimientos. Pero la fiebre de la inquietud, la incertidumbre y el desasosiego no habían sido nada comparado con el tormento de la pasión que Elena había encendido en su hecho. Con el sombrío propósito de acallar sus pensamientos se entrego con ahínco a las tareas del campamento: el fuego, las comidas, el cuidado de los animales, la reparación de los arreos y la ropa, etc. De este modo, sus días transcurrieron en la actividad; pero ninguna de estas ocupaciones exigía de él una atención especial; todas eran habituales y todas podían realizarse de un modo mecánico y rutinario; y Dale, a ejemplo de muchos hombres que aman la soledad y viven en voluntario retiro, sin retroceder a la condición primitiva del salvaje, era un pensador. Una vez enamorado, el pensamiento no podía ser para él sino una fuente de sufrimientos.