El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La imagen de Elena Rayner estaba constantemente ante sus ojos. A la luz del sol, no había rincón alguno en su campamento en donde no viera él dibujada la silueta esbelta de su figura, sus ojos oscuros y soñadores, sus labios de carmín y su dulce sonrisa. Por la noche la veía entre las sombras, como un espectro amigo que se acercaba a visitarle bajo los pinos. En las llamas y ascuas del fuego parecíale columbrar los vivos fulgores de su mirada.
La Naturaleza había impulsado a Dale a amar la soledad; pero el amor le había hecho sentir su honda significación. La soledad había sido creada para el águila en sus riscos, para el abeto en los ventisqueros de la montaña, para el alce y el lobo en lo más áspero y escabroso de la montaña; pero de ninguna manera para el hombre. Para quien lo ama es posible llegar a sentirse feliz en aquel ambiente salvaje y desolado, pero no es conveniente. El hombre ha de poner siempre sus anhelos en algo inaccesible.
En este caso no se necesitaba más sino el recuerdo de la mujer inalcanzable para amar apasionadamente la soledad, al propio tiempo que ésta se hacía ya insoportable para él. Dale estaba solo con su secreto, y cada pino, cada objeto de la selva era testigo de su abatimiento y dolor.