El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque En la oscuridad de la noche, cuando el viento cesaba y el frío había helado el agua de los torrentes, el silencio se hacía insoportable. Muchas horas que tendría que haber consagrado al sueño, pasábalas paseando bajo los pinos, en la penumbra vaga y mortecina de las pálidas e inclementes estrellas.
Acordábase de las manos de Elena, tan diestras y hábiles. ¡Cuán prestas a la ejecución de todas las tareas del campamento! ¡Cuán graciosas y blancas entre las crenchas oscuras de su pelo al peinarlo! ¡Cuán tiernas y compasivas al curar a cualquiera de sus animales heridos! ¡Cuán elocuentes al apretar angustiosamente su pecho en los momentos de peligro! ¡Cuán expresivas al descansar suavemente en su brazo!
Dale sentía aquellas manos bonitas y amadas en su brazo, en sus hombros, alrededor de su cuello. Ninguna mujer había apretado su mano y, por lo tanto, hasta entonces, aquellas imágenes no habían podido surgir nunca en su mente, aun cuando había sentido un deseo vago de esas caricias de mujer. Durante el día no le era extremadamente difícil apartar de sí estas alucinaciones; pero por la noche no podía substraerse al imperio de su atracción.