El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Cuando en el paroxismo de su pasión, Dale, que nunca habÃa probado los labios de una mujer, se imaginaba recibir los besos de Elena, desesperábase inútilmente al considerar su debilidad y amaba a la muchacha tanto como se odiaba a sà mismo. Hubiérase dicho que habÃa experimentado ya aquellos terribles sentimientos en alguna vida anterior, habiéndolos olvidado al volver a nacer. No tenÃa derecho a pensar en ella; pero no tenÃa fuerza para evitarlo. Era un sacrilegio pensar en el dulce contacto de sus labios; pero la idea volvÃa con insistencia a su mente, a pesar de la vergüenza que le producÃa y las protestas de su honor.
La pasión venció por fin a los estÃmulos de la honradez, y Dale cesó de esforzarse en rechazar la imagen de Elena y la idea de sus caricias. Vagaba por los bosques ojeroso y melancólico como tantos otros hombres solitarios separados por un cruel capricho de su destino, o por una fatal equivocación, de lo más apetecible a su corazón. Pero esta grande y nueva experiencia contribuyó inmensamente, cuando sus pensamientos se hubieron aclarado con la acción de los dÃas, a ampliar su conocimiento de los principios de la Naturaleza aplicados a la vida.